Buscar este blog

domingo, 27 de noviembre de 2011

Alimentación, energía y sostenibilidad

Tomado de la revista Energía y tú, No 39 (www.cubasolar.cu)





Alimentación, energía y sostenibilidad
Por Madelaine Vázquez Gálvez* y Alejandro Montesinos Larrosa** 

 A la crisis energética sobrevendrá la crisis alimentaria —ya latente—, cuya solución depende directamente del acceso a la energía y de la sostenibilidad de nuestro proyecto común como especie. 

Cada vez menos las televisoras llevan a las pantallas las hambrunas en siglo XXI, de por sí poco televisivas para el gusto primermundista. Con mayor insistencia incluyen imágenes (y algunos comentarios) sobre la crisis energética y las alternativas que se ofrecen. Casi ninguna prescinde de mensajes ambientalistas.  
Frente a los volantes de los autos que se venderán en el 2008 se sentarán millones de personas honestas. Llevarán a sus hijos a pasear y recordarán la «verdad incómoda» que Albert Gore «redescubre». Algunos, los más doctos e interesados en su longevidad, se quejarán del imperio del fast food y los cabalgantes precios de los alimentos orgánicos. Casi todos sentirán orgullo cuando llenen los tanques de sus nuevos chevrolet y toyotas con una mezcla más cargadita de etanol.
Nadie pondría en duda la honestidad de esos ciudadanos: en las pantallas de sus televisores y en las primeras planas de sus diarios y revistas célebres publicistas proclaman que el etanol es un combustible biodegradable, totalmente renovable y produce en su combustión baja contaminación ambiental comparada con los combustibles tradicionales.
La confusión se acrecienta cuando los ecólogos y promotores de las fuentes renovables de energía levantan sus voces contra las nuevas estrategias de la «automoción verde». Al fin y al cabo, el uso de la biomasa con fines energéticos forma parte de la ideología del desarrollo sostenible.
Los políticos añaden más leña al fuego al formular críticas contra el programa estadounidense de disminuir la emisión de CO2 a la atmósfera mediante la adición de más etanol a las mezclas carburantes, mientras que las propias administraciones de los Estados Unidos se niegan a firmar el Protocolo de Kyoto, en sintonía con el Establishment corporativo. Muchos de esos políticos disidentes de las directrices imperiales no se oponían abiertamente a la práctica brasileña de producir etanol para su consumo interno. Si funcionaba en Brasil, ¿por qué habría de fallar en el resto del mundo? El debate lingüístico también añade matices a la polémica: ¿«biocombustibles» o «agrocombustibles»? Y otra interrogante: ¿por qué genera discordia este asunto, cuando la Tierra se desangra por otras puñaladas? 

Vectores de la alimentación contemporánea
Para implementar políticas encaminadas a lograr un desarrollo sostenible, resulta de vital importancia la integración de los conceptos de alimentación y energía. En tal sentido, se precisa un cambio de paradigma que propicie el uso eficiente de los recursos alimenticios y energéticos. Los modelos actuales de alimentación devienen amenaza para el uso eficiente de los recursos energéticos, y se caracterizan por:
·                     Evidente marginación de la diversidad vegetal.
·                     Explotación excesiva del agua, sin racionalidad.
·                     Desestimación de la agricultura ecológica y orgánica, como vía para la preservación de los suelos.
·                     Marginación de las producciones agropecuarias locales y tradicionales.
·                     Alta demanda de la producción de alimentos de origen animal, lo que provoca la intensificación  de la ganadería.
·                     Gran volumen de inversión para propiciar el consumo de la comida chatarra.
La explosión demográfica actual, junto al creciente desequilibrio en la distribución de los alimentos, que provoca la muerte por hambruna de muchos y la nutrición por exceso de otros, obliga a la reflexión sobre la necesidad de cambiar el orden económico internacional y los patrones alimentarios no sostenibles. Un esquema de alimentación basado en los parámetros de Occidente es profundamente irracional y no permite el uso eficiente de los recursos alimenticios y naturales.
El consumo derrochador de los recursos naturales conlleva a la degradación ambiental y dificulta el acceso a los bienes de consumo en los países con economías desfavorecidas: «Entre 1950 y 2002 el consumo de agua se ha triplicado, el de combustibles fósiles se ha quintuplicado, el de la carne ha crecido 550%, las emisiones de CO2 han aumentado 400%, el PBI mundial ha crecido 716%, el comercio mundial se ha incrementado
1 568%... A medida que esto ocurre aumenta la contaminación, el cambio climático, la deforestación, la degradación del suelo, el agua, etc., y se agudizan las diferencias entre el Norte y el Sur», según un informe de la organización Greenpeace. 

Los saltos históricos
Desde hace seis millones de años, cuando el Homo sapiens fabricó su primera herramienta, hasta hace muy pocos siglos, los seres humanos fuimos cazadores-recolectores de alimentos, plenamente condicionados por el entorno. En un período relativamente cercano se produjeron cambios radicales que transformaron cabalmente la historia de la humanidad.
El primer salto histórico, en términos del abastecimiento de víveres, fue la revolución agrícola, que se produjo hace unos diez mil años y se caracterizó por la domesticación de plantas y animales seleccionados, el pastoreo y la creación de asentamientos relativamente estables. El segundo gran impacto lo aportaron las revoluciones científica
 e industrial, que comenzaron hace unos cuatrocientos años. La aplicación de la ciencia y la tecnología a la producción de alimentos creó oportunidades espectaculares para aumentar la producción por unidad de superficie o por animal. Los avances médicos básicos mejoraron la salud y la esperanza de vida de los habitantes de muchas partes del mundo, y la demanda total de alimentos creció.
La colonización extensiva del Nuevo Mundo incrementó la superficie mundial de tierras de cultivo y se domesticaron algunos animales y nuevas plantas. La explotación de diversas fuentes de energía en forma de combustibles fósiles fue básica para el desarrollo industrial, necesario para crear esas áreas de cultivo, explotar y cosechar enormes cantidades de alimentos, y transportar los víveres a todos los lugares del mundo. Comienza un profuso intercambio de los recursos mundiales, a la par de un acelerado deterioro de los ecosistemas. A la postre se evidenció que tanto la producción de alimentos como la disponibilidad de los recursos energéticos no pueden mantenerse de forma indefinida a la altura de un crecimiento demográfico exponencial.
Hoy se producen suficientes alimentos en el planeta para aportar las calorías que necesitan los actuales habitantes del planeta, pero su distribución es desigual y poco equitativa. En general, sólo 10% de la energía disponible pasa de un eslabón a otro de la red trófica. De ahí que sea mucho más eficiente, en términos energéticos, que los seres humanos consuman las plantas directamente en vez de alimentarse con los animales herbívoros que utilizan básicamente la materia vegetal como sustento.

¿Vegetales vs. carne?
Las plantas son fundamentales para los sistemas que sustentan la vida sobre el planeta y resultan medulares para la supervivencia humana. No obstante, de ese rico arsenal de cerca de 300 000 especies de plantas, de las que 10 000-50 000 son comestibles, solo 5 000 se usan como alimento humano, y solo tres especies (maíz, arroz y trigo) aportan 60% de las calorías y las proteínas que la humanidad obtiene de las plantas.
La marginación de las producciones agropecuarias locales y tradicionales
constituye otra notable tendencia de la actualidad. En América la
sustitución de los cultivos tradicionales básicos (yuca y maíz) ha
provocado el desplazamiento de los sistemas tradicionales de cultivo
e introduce cambios no favorables en la dieta, así como
transformaciones culturales, sociales y demográficas. Algo similar ha
ocurrido con los países del continente africano: los granos tradicionales, como sorgo y millo, se cambiaron por el maíz al Este del continente y por yuca en
África Central y Occidental. Por otra parte, el deterioro del recurso
agua, cuya cantidad se mantiene estable desde tiempos inmemoriales,
preocupa a la comunidad internacional, como ha expresado Jacques
Diouf, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO): «La agricultura consume cerca
de 70% del agua dulce utilizada en el mundo; esta cifra se acerca a 95%
en muchos países en desarrollo, donde se encuentran las tres cuartas
partes de las tierras irrigables del mundo. Se necesitan entre
1 000-2 000 litros de agua para producir un kilogramo de trigo, y entre
13 000 y 15 000 litros para producir la misma cantidad de carne
de vacuno alimentado con granos.


Una persona consume entre 2-5 litros apenas, en circunstancias en que cada día comemos un promedio de 2 000 litros de agua. Así el consumo diario efectivo por persona es mil veces superior a la cantidad estimada de agua que ingerimos». Teniendo en cuenta el ritmo creciente de la población mundial, se calcula que para el 2030 más de 14% del agua deberá ser destinado a uso agrícola, con el fin de obtener 55% de aumento necesario y equivalente, para poder cubrir la demanda de alimentos.
A pesar del inevitable impacto sobre la naturaleza silvestre, las actividades agrícolas y ganaderas pueden integrarse armónicamente con los ecosistemas. De esta manera lo muestran muchos agrosistemas tradicionales, que pueden tomarse como modelos para la obtención de alimentos de máxima calidad nutritiva y sensorial, respetando el medio ambiente y conservando la fertilidad de la tierra y la diversidad genética, con la utilización óptima de recursos renovables y sin el empleo de productos químicos de síntesis, procurando así un desarrollo agrario perdurable. Un criterio interesante resulta que la producción extensiva, realizada con criterios ecológicos rigurosos, no roba nada al medio natural, sino crea agrosistemas equilibrados donde conviven múltiples especies silvestres y domesticadas, con valores ambientales propios que interesa preservar.
Un requerimiento fundamental para incrementar el rendimiento en la producción de alimentos procedentes de los cultivos y los animales, es introducir un cambio en la actitud del ser humano respecto a su medio ambiente. Debemos reconocer que la capacidad de sustento de la Tierra es limitada, por lo que necesitamos aquellas prácticas que mantengan o aumenten esta capacidad.
Aunque muchos pueblos del mundo conceden más importancia al consumo de plantas y productos derivados de ellas en sus dietas, las preferencias alimentarias de los países desarrollados han llevado a un elevado consumo per cápita de productos de origen animal, buena parte de los cuales proceden del ganado alimentado con granos y cereales. Y ya se sabe que si la humanidad practicara el consumo moderado de carnes y la apropiación preferencial de vegetales y frutas, se pudiera incrementar en gran medida la eficiencia de la conversión de energía y la capacidad de sustento de las tierras de cultivo. Se estima que en un futuro deberá ser priorizado el consumo de cereales y evitar su reciclamiento a través de la ganadería.
No obstante, los animales desempeñan un papel estratégico en el suministro de víveres para el ser humano, y son necesarios en cualquier proceso de abastecimiento alimentario a largo plazo. Grandes extensiones de la superficie terrestre son pastos y tierras no arables. El uso racional de las tierras de cultivo requiere también la conservación y recuperación del suelo por medio del cultivo rotativo de plantas forrajeras (es decir, plantas para alimentar a los animales) y grano. Estos forrajes procedentes de los pastizales y las tierras de cultivo, junto con los desechos de los granos y otros productos, deben seguir siendo transformados por los animales en alimentos humanos fundamentales. La carne, los huevos y los productos derivados de la leche son alimentos con un elevado contenido en aminoácidos esenciales y determinadas vitaminas, cualidad que no debemos desestimar.
De forma global, 40% de la producción mundial de grano se destina a la alimentación del ganado. La producción industrial de un kilogramo de bistec de vacuno requiere cinco kilogramos de grano o el equivalente energético de nueve litros de gasolina, junto a los evidentes daños ocasionados a los ecosistemas: erosión, exceso en el consumo de agua, la difusión de plaguicidas y fertilizantes, el agotamiento de las aguas subterráneas y las emisiones de metano (gas de efecto invernadero). En términos generales, la nutrición basada en la carne requiere de veinte veces más tierra y catorce veces más agua, según estudios de Greenpeace.

Menús hacia la sostenibilidad
Con relación a los estilos de consumo preponderantes en la actualidad se plantea que aunque el menú convencional resulte algo más barato para el consumidor, es mucho más costoso desde el punto de vista de la ecología y la solidaridad. La «comida de supermercado» está relacionada con la concentración de poder e ingresos de las transnacionales, con la evidente inversión para la transportación y, sobre todo, porque conlleva a la desarticulación de las economías locales.
La contaminación de la tierra y el agua mucho tiene que ver con la producción de alimentos, que requiere del uso abundante de plaguicidas y fertilizantes químicos.
Se plantea que un menú convencional generalmente se excede en calorías, proteínas y grasas; presenta deficiencias de vitaminas y minerales; contiene más colesterol y restos de plaguicidas, y su manipulación los empobrece desde el punto de vista nutricional.
 Con la intensificación del consumo de alimentos convencionales aumenta el gasto de combustibles fósiles, básicamente por la mecanización y la transportación de alimentos a miles de kilómetros. Se considera que en la medida que se privilegia el consumo de los menús convencionales, generalmente hipercalóricos, alejados de la comunidad, más empaquetados y con más desperdicios, aumenta el impacto desfavorable de la alimentación sobre el planeta. Por otra parte, en un mundo empeñado en consumir mayoritariamente alimentos cocinados, los gastos de energía se hacen cada vez más altos, y encontrar una solución sostenible a este problema precisa del rediseño de los menús y de las tecnologías de preparación de los alimentos a partir, entre múltiples aspectos, de la valoración del uso de las fuentes renovables de energía.
Los alimentos manufacturados presuponen una economía de tiempo, así como una mejor calidad sanitaria y de presentación para el consumo familiar, lo que a la vez provoca inversiones astronómicas en su proceso de producción y realización. Sin duda esta tendencia provoca un evidente empobrecimiento nutricional de la dieta actual y eleva el consumo energético para su producción.
La exposición de las diversas manifestaciones, interrelaciones y tendencias en el desarrollo del consumo energético y alimentario, expresados en sus ejes críticos fundamentales, con una consideración holística y una comprensión crítica, contextual e interdisdisciplianria de la realidad, nos permitirá encontrar soluciones éticas y eficientes, en los que la calidad de vida de todos los seres vivos sea compatible con su preservación para las generaciones futuras, así como una visión prospectiva para la consecución del desarrollo sostenible.

La energía de los alimentos
Las crisis energética y alimentaria (y medioambiental) tienen su fuente primaria en el sistema socioeconómico prevaleciente en el mundo, neoliberal y fascistizante. Una última variante de irracionalidad y desprecio por los pueblos se expresa en los planes de convertir los alimentos en combustible.
En el Norte abundan los periódicos y las televisoras, las pistolas y los misiles, los letrados y los senadores, los restaurantes y los supermercados, los autos y los aviones… En el Sur crecen el holocausto por hambre y el número de hambrientos «funcionales».
¿Cómo no entender una elección tan primaria, que apela a la ética cristiana: cereales y semillas alimenticias para los abundantes autos del Norte o para los famélicos estómagos del Sur? Sí, al César, lo que es del César; y al pueblo, los alimentos que produce.
Si no basta con esa lógica, habría que decirles a los honrados compradores de autos que la ciencia y la tecnología contemporáneas nos aportan un «combustible» verdaderamente renovable, sobreabundante y respetuoso con el medio ambiente: el hidrógeno.
¿Por qué no lo sabemos o no lo tenemos ya? No se trata de limitaciones técnicas, cognitivas o financieras: a los señores de la guerra y a los fariseos de las corporaciones les resultan más jugosas las ganancias de los combustibles fósiles y nucleares, y ahora «planifican» plusvalías a partir de los agrocombustibes, con el valor añadido de la perpetuación de su poder por la escasez de los alimentos.
Los honrados compradores de autos deberían saber que la humanidad tiene alternativas reales para cubrir sus exigencias energéticas, en las que se incluye la biomasa, siempre que se asuman dos principios básicos: lo que se recolecte no debe sobrepasar la capacidad de regeneración y el ritmo de emisión de residuos debe ser igual al ritmo de asimilación de los ecosistemas.
Mientras exista el Sol, la humanidad dispondrá de suficientes recursos energéticos renovables para su desarrollo, aunque a muchos les resulte una herejía (y a la ciencia, una perogrullada). La energía que proviene del Sol alcanza y sobra para satisfacer la más inimaginable demanda de quienes contarán nuestra historia. La crisis energética contemporánea llega a la realidad por el cordón umbilical de la crisis civilizatoria que nos corroe, hija del desenfreno consumista y la ideología del imperialismo, más imperial que nunca. A su límite sí llega la capacidad de nuestro planeta para ofrecer suelos y agua con qué alimentarnos.
 Y vendrán las revoluciones, porque las verdades pueden ser incómodas, pero la realidad intolerable condiciona la subversión.
* Ingeniera Tecnóloga. Especialista en tecnonología y organización de la alimentación social. Máster en Ciencias de la Educación Superior. Autora de los libros Cocina ecológica en Cuba, Educación alimentaria para la sostenibilidad, entre otros. Fundadora y asesora del Eco-Restorán El Bambú, del Jardín Botánico Nacional. Directora del boletín Germinal.
** Escritor y periodista. Máster en Ciencias. Autor de los libros Matrimonio solar y Hacia la cultura solar. Director de la Editorial CUBASOLAR y de la revista Energía y tú.








No hay comentarios:

Publicar un comentario